La vida al límite de un fotógrafo maldito

Su casa es la calle. Su familia, prostitutas y heroinómanos. Y eso retrata: su vida al filo. Antoine D’Agata ni siquiera revela sus carretes, pero es uno de los pesos pesados de Magnum. Por Bettina Dubcovsky. Fotografía de Antoine D’Agata.

                     

En plena pubertad, Antoine d’Agata decidió que se sentía mucho más a gusto camuflado y protegido en el lado oscuro de la luna, y se alistó en el bando de las drogas duras y los placeres desfigurados, renegando de las buenas costumbres establecidas por la sociedad.

Su peculiar manera de mirar y enfocar ese mundo salvaje le ha proporcionado un lugar de honor en el podio de los grandes fotógrafos. D’Agata ostenta una buena colección de premios, libros publicados y exposiciones individuales. En la última edición del Festival de Cine de Cannes, la directora libanesa Danielle Arbid presentó la película Un homme perdu, basada en la vida de este francés, en la que él mismo colaboró en el guión. Pero el signo indiscutible de que sus fotos tienen un algo muy especial es que D’Agata es uno de los contados fichajes de la prestigiosa y mítica agencia Magnum.

Encontramos a Antoine d’Agata en Aranjuez, durante la pausa del taller de fotografía que impartía dentro de los actos de PhotoEspaña. Puede parecer una paradoja, pero es un profesor excelente: “Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, es su lema. Café humeante en mano, nos invita a sentarnos en el descansillo de una escalera. Las fotos se las harán más tarde tres ex alumnos suyos, que, emocionados y nerviosos ante semejante desafío (retratar al maestro), se perderán durante una larguísima noche con el francés por los tugurios menos recomendables de la zona. Típico paradigma del síndrome del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, hablar con este hombre errante, desarraigado y sin domicilio fijo provoca dos sensaciones extremas: por una parte, ante su presunta fragilidad, dan ganas de abrazarle, cobijarle y protegerle de un entorno que se le presenta hostil. Por otra, de sacudirle para intentar que reaccione y despedace su armadura de anestesia. Porque es probable que esta criatura autodestructiva, algo retraída, delicada, casi quebradiza e inmensamente dulce al expresarse, no sea ni el hijo, ni el novio, ni el yerno, ni el padre que nadie quisiera tener.

Su talento es indiscutible. El caos y la confusión son un continuo en su trabajo, sus imágenes, a veces distorsionadas, movidas y difusas, que evocan las figuras de Francis Bacon, rescatan la belleza de los momentos más sórdidos. D’Agata se mueve, serpentea por los burdeles y los bajos fondos de medio planeta, inmortalizando a su gente, sin reprender ni elogiar nada ni a nadie. “A diferencia de otros fotógrafos, nunca hago fotos críticas o negativas. Tengo una mirada muy adversa sobre el mundo, pero siempre estoy con gente a la que estimo. Las prostitutas, por ejemplo, que son los seres más vivos, auténticos y sinceros hasta en su piel. Nunca he fotografiado a alguien a quien no quiero profundamente. Es verdad que los sitios donde las hago son bastante feos, pero no hay ni una foto que no esté llena de sentimiento y de emoción”.

En su peculiar modo de fotografiar, él se suma a las historias en las que se ve envuelto, la mayoría de las veces como protagonista. Es así como se le ve en sus imágenes manteniendo relaciones sexuales con meretrices o inyectándose heroína. “La fotografía es el único arte que necesita que uno se comprometa con el mundo real. Un escritor, un pintor, un escultor trabajan con la introspección o la invención para crear un territorio inmenso; mi campo exige mucha más implicación. No me gustan nada las fotos que son meros testigos u observadores externos, creo que el fotógrafo debe meterse dentro del mundo que está creando, tiene que ser un personaje más de su obra. Por eso hago lo que hago, y por eso a veces, mientras bebo, le pido a la gente que me haga fotografías, porque es la manera más extrema de defender ese punto de vista. Sé que no estoy haciendo una cosa inocente ni estúpida.”

Hasta los 13 años, este marsellés nacido en 1961 quería ser cura ?”pero la gente se burlaba de mí por eso”? y estaba enamorado platónicamente de una monja, sor Jacqueline, que, según él entendía, le decía “sí, pero no”. Hoy se declara ateo. A los 14 era anarquista; a los 15, “un idealista extremista radical en cuanto a la negación de la sociedad. Entonces abandoné mis estudios, un año antes de entrar en la Universidad. Durante unos meses trabajé en un matadero, y luego comencé a vivir en la calle”. Tenía 17 años y “vivía muy encerrado, no hablaba con nadie, era casi autista. Desde muy joven me aficioné a las drogas y al alcohol. Cuando bebía me ponía muy violento, y toda la presión interna que acumulaba explotaba. Muchas noches acababa en la comisaría”.

Sus padres apenas llegaron a ejercer como progenitores, y otro tanto hizo él como hijo. Desapareció de sus vidas hasta que también fue padre ?tiene cuatro hijas pequeñas con tres mujeres diferentes?, y fue entonces cuando les obsequió con el título y el quehacer de abuelos, pero hasta llegar a este punto, Antoine ya había recorrido muchísimos kilómetros, vagando más por los infiernos que por el cielo de un sinfín de países y trabajando en lo que podía. “La fotografía cambió eso”, afirma. Hace cuestión de 12 años, estando en México, entre las tinieblas, la voz agonizante de un amigo le sugirió el camino hacia su travesía profesional. Su colega, al que conocía desde la época del liceo, era fotógrafo y se estaba muriendo. “Él sabía que ése era su último viaje. Hacía sus fotos impulsado por una necesidad urgente, muy fuerte. El miedo y la angustia de saberse condenado ejercían en él una tremenda presión. Hablo de una generación, a finales de los ochenta, en la que gente de mi ambiente moría continuamente a mitad del camino. Fue en ese momento cuando la fotografía me pareció algo mágico, capaz de hacer perdurar en el tiempo cada segundo. Dos años más tarde, cuando hice mi primera foto, me empapé de esa sensación. Fue una emoción muy grande, que me ayudó a sobrevivir física y mentalmente”. Esa transformación tuvo lugar a sus 30 años, cuando vivía en Nueva York, “estaba cansado, muy cansado”, dice. La “caza de imágenes” se introdujo en su vida casi como otra droga, en este caso redentora. “Creo que necesitaba algo para salir, para reconstruirme y reestructurarme”.

Desde entonces, para este hombre alérgico a los compromisos, la fotografía aparenta ser su relación más estable. Tuvo dos parejas “casi” prometedoras. Convivió cerca de tres años con cada una de ellas, en distintas épocas y ciudades, “pero entrando, saliendo, quedándome un poco, yéndome un poco más? Nunca conseguí mucho más”. El vínculo que le une a su profesión, a la que adora porque, entre otras cosas, le proporciona “más libertad económica”, tampoco es determinante. D’Agata no tiene un estudio, y ni siquiera un ordenador para guardar sus archivos. “Tenía uno, pero lo rompí hace meses, me puso muy nervioso, a veces son demasiado complicados”. Pero su material no se pierde. Desde hace tres años envía sus carretes, sin revelar, al Musée Niépce, en Chalon sur Saône, una localidad a 200 kilómetros de París. “No tengo dinero para el revelado y los carretes me los regalan. El museo es de una gran ayuda, pagan y revelan mis fotos”. D’Agata nunca ve sus positivados. “Cuando mis fotos ya están reveladas me peleo con ellas. Son las no reveladas las que te hacen soñar, las que te dejan con ilusiones”. El año pasado visitó el archivo y vio las fotos que había tomado un año antes. Dentro de unos meses regresará “para tener una visión general de lo que hice éste”.

En cuanto a su técnica? jamás se plantea si hacer las fotos en blanco y negro o color. “Me da igual, nunca pienso ni en técnicas ni en estéticas. Mis cámaras son las más simples y pequeñas, y las películas, las más corrientes. Mezclo”. ¿Cómo se explica que Magnum se haya fijado en su trabajo, teniendo en cuenta además que Antoine no acepta ningún encargo? “Tienen conflictos intelectuales internos. Algunos piensan que el hecho de que gente como yo llegue a la agencia es síntoma de decadencia y es la muerte cercana del fotoperiodismo, mientras que hay otros que piensan que la agencia, en un mundo en el que los medios de comunicación están cambiando muy rápido, necesita artistas, fotógrafos que estén más valorados en el arte”.

Su discurso es distinto cuando habla de su labor didáctica. “Los talleres son un modo de llenar mi vida sin caer en la fotografía comercial”, y asegura que no intenta convencer a nadie de nada. “Busco ayudar a que cada alumno descubra y siga su propio camino, no los trillados o los que otra gente ha trazado. Procuro que encuentren sus propias perspectivas”. Entusiasmado, menciona que este año ha dado cursillos a niños de la calle en Camboya y a pequeños de las favelas en Brasil, “y ¡me encantó! Me encanta compartir, y también trato de enseñarles a ellos a conseguir más independencia, más libertad y poder dentro de las condiciones en las que viven”.

Lo suyo es sin duda una amplísima autobiografía gráfica. “No sé si estoy viviendo mi vida y la documento, o hago las cosas para inventar material para fotografiar. Tengo una relación muy compleja con la realidad. Ya no distingo lo que es verdad, lo que es ficción, texto, mi deseo, lo que provoco o lo que necesito? Todo es muy confuso y difícil de desentrañar”. Sus instantáneas le regalan pistas. Mientras Antoine d’Agata, colocado, se difumina en los placeres y pecados de las noches, su cámara, testigo silencioso de sus “hazañas”, documenta lo que ocurre. Lo asume: “Así era feliz y lo sigo siendo hoy. Nunca he querido cambiar. Mis inquietudes, siempre las mismas, se resumen en descubrir la mayor cantidad de maneras de llegar a todas las clases de inconsciencia: sexo, drogas, alcohol?”.

D’Agata lleva una década perdido y encontrado en sus fotografías. “Quizá hago fotos para retener lo que no se puede fijar. Mis fotos son fragmentos de memoria, fragmentos de inconsciencia, en estados muy raros de percepción. Muchas veces descubro lo que hago a través de las imágenes que quedan. Mi nexo con la fotografía es lo que me ayuda a seguir. Hago cosas que nunca imaginé. La fotografía es una herramienta muy práctica para provocar y vivir lo que está pasando”. De tanto utilizarse como modelo, ¿ha conseguido su autorretrato perfecto? “Aún no, cada día intento hacer uno mejor. Pero sí tengo una foto que es una de mis favoritas. Es una muy blanca, en la que estoy de cuerpo entero, en la que parece que me estoy difuminando, desintegrando. Ésa tiene algo especial”.

Su supervivencia, al ritmo que lleva, está tan en peligro como la de los carretes de película. Tampoco teme a la muerte. “Miedo no siento, pero soy una persona bastante obsesionada con ella. De joven sentía fascinación con la idea y creo que jugué bastante con eso. Lo que hago ahora está siempre tan cerca, tan ligado a ella, que la convierte en un momento esencial. Va a ser el punto final de todo este experimento, de mi modo de vivir mi vida. No me estoy suicidando, pero hace tiempo que entendí que es mejor que la muerte llegue antes, vivir con intensidad, y no estar protegiéndose eternamente de todo para perdurar en el vacío”.

Tan convencido está, que jamás se le pasó por la cabeza dejar las drogas: “Duele, duele mucho. No suele haber lugares donde encuentre las cosas intensas, potentes o que me llenen; por lo general son blandas, tibias, vacías, y eso me destruye, me daña. La droga y el al¬cohol son medios para insensibilizarme y mantener cierta intensidad en mi comprensión y aprehensión del mundo”. La muerte es casi su sombra, pero ¿qué hay de la vida? “Por sí misma no es interesante, la muerte es lo que es y no se discute, nunca te va a decepcionar. La vida sí, hay que luchar para que no se vuelva algo muy aburrido”. Es difícil comprender cómo un ser humano que ha vivido en varios países, que habla inglés, francés, portugués y español, no haya encontrado algo que le entusiasmara. “Ya acabé con el sueño de la felicidad. Alguna vez pensé que las cosas se tranquilizarían y se pondrían bien, y ahora sé que mi felicidad la encuentro en el caos, en el movimiento. Sé que puedo estar perdido y ser feliz. En mis encuentros, breves, siempre muy breves, con la gente y en esa frustración de la brevedad también me siento feliz. Estoy aprendiendo que mi felicidad está en esa manera tan particular de vivir”. Aun así, D’Agata anhela hacer realidad un sueño presumiblemente imposible: “En los próximos años me gustaría encontrar la manera de pasar más tiempo con mis hijas, que están en París, Marsella y Milán. Están creciendo muy rápido y a veces tengo miedo de perder todo eso. Es una de las cosas que me preocupan”, dice mientras muestra las fotos de sus niñas que siempre lleva en la cartera.

El suyo es el camino hacia una irracional cuenta atrás. ¿Cuál es la meta?: “Mi libertad, que no es construir, ni avidez, ni protección. La felicidad la encuentro quizá en la desintegración, es dejar pedazos de ti todo el tiempo, en muchos lugares, intercambiando momentos con la gente de manera muy extrema. De algún modo, es un proceso de desintegración”.

Anuncios

~ por Elliot en mayo 24, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: