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W. Eugene Smith

Su obra ha tenido gran importancia en el siglo XX, y ha iluminado a sucesivas generaciones de fotógrafos/as. Su fuerte fueron los fotorreportajes, a los que dedicaba un esfuerzo e intensidad impresionante. De todos los trabajos, el más importante y el que seguramente le hizo más famoso fue el que realizó sobre España concretamente sobre un pueblo extremeño llamado Deleitosa.

Este reportaje de 17 fotografías se publicó bajo el título de Spanish Village: It Lives in Ancient Poverty and Fait, el 9 de abril de abril de 1.951, en la revista ilustrada Life. Este trabajo suscitó una considerable admiración en muchos países, mientras que fue objeto de censura por la dictadura franquista.

Hasta la exposición sobre Eugene Smith que tuvo lugar en el Museo Nacional de Arte de Catalunya (MNAC) de Barcelona en la primavera de 1.999, sus fotos, concretamente las de su viaje a España y las del pueblo de Deleitosa, nunca habían sido mostradas en público. Ha sido necesario el transcurso de medio siglo para acceder a la visión gráfica de la España de los años 50, un ejercicio de memoria histórica hasta entonces inédito.

W. Eugene Smith nace el 30 de septiembre de 1.918 en Wichita (Kansas) con una trayectoria profesional labrada en diversos fotoreportajes desde 1.934. En 1.937 se traslada a Nueva York y entra a trabajar en la revista Newsweek. Durante la II Guerra Mundial es nombrado corresponsal de guerra en la revista Flying. Anteriormente realiza fotografías destinadas a explicar la opinión pública americana la entrada en guerra de los Estados Unidos, en la revista Parade.

Participa en numerosas salidas aéreas y es testimonio de la vida a bordo de los portaaviones estadounidenses. Cubre la batalla de la isla de Saipan con una óptica novedosa: gira la cámara para fotografiar los efectos devastadores que la guerra produce sobre la población civil. Participa en el desembarco de los marines en Okinawa, “Americans Battle forOkinawa” (1.945).

Las fotografías de Smith sufren cambios a lo largo de su trayectoria. Si en un principio respondían a los cánones clásicos, a medida que transcurre el tiempo van adquiriendo un contenido más trágico. En 1.948, acabada la II Guerra Mundial, realiza un reportaje sobre la vida cotidiana de un médico rural “Country Doctor”. A su vuelta de España (1.951), Smith propone a Life un trabajo sobre una partera negra, Maude Callen, en el sudoeste de los Estados Unidos “Nurse Midwife”.

En 1.955 se incorpora a la agencia Magnum, iniciando el proyecto fotográfico sobre la ciudad de Pittsburgh (1.955 / 1.956). Al final de su carrera realizó el mundialmente conocido reportaje sobre la contaminación de la ciudad de Minamata, en Japón, “Death Flow for a Pipe” entre los años 1.971 y 1.975. Muere el 15 de octubre de 1.978 a causa de una hemorragia cerebral.

En 1.950 la revista americana Life tenía la intención de publicar un reportaje sobre los problemas de aprovisionamientos de alimentos en la España franquista. Life obtiene la autorización del gobierno español con cierta celeridad. Se trata de una revista de reconocido prestigio internacional con varios millones de tirada mensual. El gobierno de Franco consideró que un documental fotográfico visibilizaría los efectos que el bloqueo internacional producía sobrelos españoles/as.

Eugene Smith entra en Hendaya el 5 de mayo de 1.950. Viene acompañado por su ayudante, el fotógrafo norteamericano Ted Castle, y una intérprete francesa que hablaba español e inglés, Nina Peinado. El fotoreportaje debía reflejar el régimen. Pero la intencionalidad de Smith era política, como buena parte de sus reportajes : “voy a intentar entrar en un pueblo español a fin de describir la pobreza y el miedo engendrado por el régimen franquista. Espero realizar el mejor reportaje de mi carrera” parafraseando las misivas que escribía a su madre. “Un pueblo Español”- más exactamente “Spanish Village: It Lives in Ancient Poverty and Faith” - es el título del reportaje más famoso de la historia de España. Deleitosa es el destino final de un largo viaje por España.

En su travesía durante 63 días,incluye lugares como Guernika, Lekeitio, Pueyo, Cervera, Castellgalí, Barcelona, Valencia, Buenache de Alarcón, Toledo, Madrid, Valverde, Almagro, Moral de Calatrava, Valdepeñas, Carboneros, Huétor, Tajar, Rofrío, Málaga, Benamejí, Encinas Reales, Lucena, Córdoba, Carmona, Olivares, La Palma del Condado, Mérida, Miajadas, Santa Cruz de la Sierra, Talavera de la reina, Trujillo, Jaraicejo, y finalmente Deleitosa. En total realizó 2.201 fotografías de las cuales 1.575 corresponden al pueblo de Deleitosa en la provincia de Cáceres.

Existen varias versiones sobre la elección del lugar para la realización del reportaje. Smith buscaba un pueblo cualquiera, una comunidad que expresase de forma sintética su idea de España. A Nina Peinado le llamó la atención el nombre de “Deleitosa” que probablemente tradujo de Delightful, un lugar delicioso. Irónicamente el origen del nombre del pueblo se refiere a “delito”, lugar donde se ajusticiaban a los reos.Otra versión considera que el artículo de “Meditación ante un pueblo sin nombre” de Gómez de la Serna, publicado en el periódico Abc en mayo de 1.950, inspiró a Smith a buscar el pueblo en la región de Extremadura.

La combinación de las circunstacias anteriores, el cansancio acusado por las precarias condiciones en que se encontraban las vías de comunicación y el tiempo y los recursos invertidos hasta el momento confluyen en la elección de Deleitosa como pueblo laboratorio para desarrollar las intenciones del fotógrafo.

Robert Doisneau

Robert Doisneau nació el 14 de abril de 1912 en Gentilly y pasó su niñez y adolescencia en un suburbio de París. La muerte de su madre en 1919, cuando tenía apenas 7 años de edad, y la precaria situación económica que padeció con posterioridad, tal como lo señalan sus biógrafos “seguramente fueron golpes muy duros para la frágil personalidad de un niño”.
En 1925 ingresó en una escuela de artes y oficios, “L´école Estienne”, donde es formado como grabador y litógrafo. Ya era un oficio en decadencia al que Doisneau consideraba poco creativo. Para compensar esa falta de estímulo, a los 17 años comenzó a realizar sus primeras fotos con una cámara prestada. En ellas ya se evidencia su talento. Poco después, fue admitido en el Atelier Ullmann, que se dedicaba a la publicidad de productos farmacéuticos.
Uno de los momentos más importantes en su vida es cuando comienza a trabajar como ayudante en el estudio de diseño de André Vigneau, artista surrealista y uno de los exponentes de la vanguardia.
” Aquel estudio era fascinante. Vigneau siempre decía cosas que me asombraban, cosas tan insólitas como ‘el teclado de una máquina de escribir es un objeto tan hermoso que todas las cartas de amor deberían escribirse a máquina’. Me hablaba de la Bauhaus, del surrealismo, de las máquinas de habitar de Le Corbusier, del cine soviético…” (2).
En el año 1932 hizo el servicio militar y cuando volvió a París, el atelier de Vigneau no pudo contratarlo de nuevo ya que la crisis había golpeado duramente a la industria gráfica. Por suerte, encontró un empleo en el departamento de publicidad de la fábrica Renault, en Boulogne-Billancourt, donde hasta 1939 trabajó como fotógrafo publicitario. También comenzó su obra personal fotografiando a la industria y a los obreros. Se casó con Pierrette Chaumaison y compró un departamento en Montrouge, donde habría de vivir hasta su muerte, se afilió a la Conféderation Général du Travail (CGT) y se relacionó con el Parti Comuniste Français (al que se afilió en 1947, colaborando en los diarios y revistas: Vie Ouvrière, Regars, L’Humanité)
Tras un breve paso por la agencia Rapho (Rado Photo), al estallar la guerra fue llamado a filas pero con la ocupación de Francia por los nazis, volvió a la vida civil y colaboró con la Resistencia falsificando pasaportes, permisos de trabajo, documentos para judíos, además de registrar la ocupación alemana. En agosto de 1944 documentó la liberación de París.
El período de 1945 a 1960 es sin dudas el de mayor producción fotográfica de Doisneau en el campo del reportaje humanista. Se lo reconoce entonces como uno de los grandes reporteros de la escuela francesa de postguerra, que se sustenta en la subjetividad de la mirada y en el tratamiento intimista, honesto y sensible de las cuestiones humanas. Los fotógrafos de ese entonces -Kertész, Cartier Bresson, Brassaï, Ronis, Boubat- se identificaron con los trabajadores y asumieron un compromiso de izquierdas pero, al mismo tiempo, se distanciaron del pensamiento estalinista. Curiosamente, no le prestaron atención a algunas de las cuestiones capitales de Francia: la descolonización en Argelia y en Indochina.
Su relación de amistad y trabajo junto a intelectuales como Jacques Prévert, Blaise Cendrars, Robert Giraud, etc., ampliaron su horizonte.
Cuando Cartier-Bresson le propuso unirse a Magnum en 1947, Doisneau optó por quedarse en Rapho, la agencia que le había dado la seguridad que él deseaba y que le permitía permanecer en Francia sin tener que andar viajando por el mundo, lo que no era de su agrado.
Durante varios años estuvo vinculado a Vogue haciendo fotos de modas pero no era ese el tipo de trabajo que le gustaba, así que en 1953 no renovó el contrato con la revista francesa.
Los años sesenta, coinciden en señalar los críticos, no fueron buenos para el fotoperiodismo o, al menos, para el reportaje humanista. Doisneau se ganó la vida como fotógrafo comercial y publicitario, pero también experimentó con fotografía periférica y desarrolló una cámara especial para fotografiar objetos cilíndricos o esféricos.
En los últimos diez años de su vida, esto es, desde fines de los setenta y a lo largo de la década del ‘80, se produjo un resurgimiento del interés del público por el reportaje humanista, por la forma sensible de ver la vida y el estilo de Doisneau -así como de toda una nueve generación de fotógrafos que interpretaban la realidad con aquella poética- comenzó a ser revalorizado.
” Su obra -íntima, sincera y humanista- le ganó la aclamación mundial y lo convirtió en uno de los artistas más admirados y apreciados de la historia de la fotografía”

“El beso”-1950

PARÍS.- Uno de las primeras copias de ‘El beso’ (1950), la célebre fotografía de Robert Doisneau que muestra a una pareja besándose en una calle de París, se adjudicó por 155.000 euros, cifra que al sumarle los gastos de subasta asciende a 184.960 euros.

La instantánea, de 18 x 24,6 centímetros, salió a subasta con una estimación inicial de entre 15.000 y 20.000 euros.

Sus organizadores, Artcurial Briest-Poulain-Le Fur, que desde hace varias semanas desplegaron una campaña internacional de difusión, vaticinaban que su valor “subiría”, aunque tras la venta reconocieron estar “formidablemente sorprendidos” y aseguraron no haber siquiera pensado que pudiese “subir tanto”.

La mayor cotización alcanzada hasta la fecha por una fotografía de Doisneau fue de 14.000 euros, destacaron.

El comprador de ‘El beso’ es “un coleccionista suizo que no quiso dar su identidad“, al menos por el momento, y que pujó por teléfono, asesorado por un experto, precisaron.

“Hubo mucho teléfono” este lunes en la sede de Artcurial, precisaron los organizadores de la subasta.

La propietaria de la cotizada instantánea de Doisneau (1912-1994) era hasta la fecha su protagonista femenina, Francoise Bornet, que hoy tiene 75 años.

Muere el fotógrafo Cornell Capa, hermano de Robert Capa

Fue el fundador del Centro Internacional de Fotografía de Nueva York

El fotógrafo estadounidense Cornell Capa, hermano del célebre fundador de la agencia Magnum, Robert Capa, ha muerto este viernes en su casa de Manhattan a los 90 años. En sus cerca de 30 años dedicados al fotoperiodismo, se distinguió por su defensa de la dignidad profesional, recogida en su libro de 1968 El fotógrafo comprometido, en el que aboga por el fotógrafo que “produce imágenes en las que el sentimiento humano genuino predomina sobre el cinismo comercial y el formalismo desinteresado”, según informa The New York Times. El entierro se celebrará en la intimidad pero se ha previsto un homenaje póstumo para el próximo día 10 de septiembre.

Presidente de Magnum desde la muerte de su hermano en 1954, Cornell creó en 1974 el Centro Internacional de Fotografía, una fundación dedicada a la obra de Robert Capa, organizadora de cientos de exposiciones, talleres y conferencias sobre fotoperiodismo.

Cornell Capa se interesó como fotógrafo por la política y la justicia social. Cubrió las dos campañas presidenciales de Adlai Stevenson en la década de los 50, con quien llegaría a forjar una gran amistad. En los 60 siguió la carrera a la Casa Blanca de John F. Kennedy y participó, junto con nueve fotógrafos de Mágnum, en un proyecto sobre los cien primeros días en el poder del joven presidente, del que nació el libro Let Us Begin: The First One Hundred Days of the Kennedy Administration.

Nacido en Hungría, se reunió en París con su hermano en 1936. Un año después se trasladó a Estados Unidos, donde comenzó a trabajar en el laboratorio de la revista Life. ée suivante. Publicó su primera foto en 1938, en el magacín británico Picture Post.

el país.com

Premio a una imagen de tolerancia

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, entregó ayer el I Premio de Fotografía Periodística fotoCAM 2008, creado para reconocer a los fotógrafos que trabajan diariamente en la región, y que está dotado con 20.000 euros. La fotografía ganadora es obra de Francisco Javier Arcenillas, de la agencia Cover. Se titula Integración. Según su autor, se trata de una imagen que refleja el multiculturalismo. Tomó la foto un día soleado en un colegio de Tribunal “donde los niños se mezclaban sin importar su cultura, religión y procedencia”, según consta en el catálogo.

Imagen ganadora del I Premio de Fotografía Periodística de la Comunidad de Madrid- FRANCISCO JAVIER ARCENILLAS

En la instantánea galardonada, sobre el brazo del segundo chico por la derecha aparece una mano que no pertenece a ninguna de las figuras del grupo que posa para Arcenillas. “La mano es de una monja que posaba con ellos, pero oscurecí la imagen para resaltar a los niños, que es lo que me interesaba”, explicó ayer el autor a este periódico. “Una cosa es borrar y otra oscurecer. Yo no he intervenido en la imagen”, añadió. El fotógrafo recordó que “dentro de las bases del concurso no había ninguna regla sobre la prohibición de retocar las fotos”. No obstante, la práctica general en fotoperiodismo es evitar ciertos retoques o manipulaciones de las imágenes. “El jurado ha considerado que eso no era un problema y ha decidido premiarla”, dijo Arcenillas sobre el oscurecimiento. Señaló que algunos compañeros de profesión se habían manifestado en contra de su instantánea durante el acto de entrega del premio.

En esta primera edición del concurso han participado 45 fotógrafos. Los finalistas fueron Javi Martínez, de El Mundo, con una imagen de un rebaño de ovejas que atraviesa una céntrica calle; Gorka Lejarcegi, de EL PAÍS, con la foto de dos drag queens en el metro de Chueca; Uly Martín, también de EL PAÍS, con una imagen de la contaminación madrileña (un avión ante las torres de la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid, con un cielo sucio y anaranjado), y Enrique Sánchez Fidalgo, de El Mundo, que presentó la instantánea de dos mujeres musulmanas que sólo dejan ver sus ojos y manos mientras una de ellas empuja el carrito del supermercado en un centro comercial.

Las fotos de todos los participantes en este primer premio de fotoperiodismo madrileño se exhiben en la Real Casa de Correos, en la Puerta del Sol, hasta el próximo 8 de junio.

el país.com

La invasión de Praga según Koudelka

Josef Koudelka/Magnum Photos
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Josef Koudelka/Magnum Photos

MADRID.- Hasta el 20 de agosto de 1968 Josef Koudelka jamás había fotografiado ningún acontecimiento político. Acababa de regresar de Rumanía con unos negativos sobre las costumbres gitanas cuando comenzó la Invasión de Praga. Los tanques del Pacto de Varsovia entraban en la capital checa y aquel fotógrafo de cíngaros y espectáculos teatrales se encontró en el momento justo en el lugar adecuado.

Dedicó 10 días a retratar lo que ocurría en las calles recién ocupadas. Los carretes de aquel acontecimiento los filtró clandestinamente a Occidente, llegando a manos de la agencia Magnum, asentada en Nueva York. Su entonces director, un flamante Elliot Erwitt, distribuyó el preciado documento gráfico por el mundo libre. El autor del reportaje firmaba como ‘fotógrafo checo’, suscribiendo así su anonimato.

Ocultaba su identidad y se protegía ante posibles represalias de la omnipotente Unión Soviética. Dieciséis años después Koudelka reconocería públicamente la autoría de esas instantáneas.

Josef Koudelka/Magnum Photos
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Josef Koudelka/Magnum Photos

Con motivo del 40 aniversario de la entrada de los tanques en Praga, la editorial Lunwerg publica una selección de fotografías de Josef Koudelka. Una edición de 250 fotos elegidas por el mismo autor que testimonian aquellos días convulsos en un relato visual sin precedentes. Numerosas imágenes salen por primera vez a la luz.

Su trayectoria fotográfica gravita en torno a un núcleo temático: los gitanos. “Empecé a retratarlos, y una vez que empecé no pude parar”, afirma. Desde los años 60 realiza un proyecto con vocación documental que detalla minuciosamente los usos y costumbres cíngaros. No enjuicia, sólo muestra. Primero recorre la comunidad de Eslovaquia, de donde saldrá una exposición en 1967. Después, en 1968, viajará por Rumanía hasta el mismo día anterior a la invasión de Praga.

El derrumbe de una ‘primavera’

1968 fue símbolo de cambio en Europa. Las viejas instituciones, ya obsoletas, temblaron ante el fragor de las protestas por todo el mundo. Y Praga no fue menos. En enero el reformista Alexander Dubcek accedía al poder, dando paso a medidas de corte liberalizador. Entre ellas la libertad religiosa, el derecho de huelga o la igualdad entre checos y eslavos.

El ’socialismo de rostro humano’ que imperaba en Checoslovaquia trajo consigo la proliferación de asociaciones y periódicos por todo el país. Koudelka, dedicado en pleno a la fotografía desde que abandonó su trabajo de ingeniero aeronáutico, formaba parte de la Unión de Artistas Checoslovacos, quienes lo premiaron por la calidad y originalidad de sus fotografías de teatro.

Josef Koudelka/Magnum Photos
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Josef Koudelka/Magnum Photos

Mientras, el Kremlin de Breznev no veía con buenos ojos el reformismo del país, diseñando finalmente un plan de invasión. El 20 de agosto, con un Josef Koudelka recién llegado a su tierra natal, miles de tanques y soldados entraban en Checoslovaquia tirando abajo lo que fue la ‘Primavera de Praga’.

Una de las armas más poderosas que tuvo la población civil en esos días fue ese joven ‘fotógrafo checo’. Su testimonio gráfico consiguió traspasar las fronteras de la censura. Ahora, cuarenta años después, publica una revisión de aquellas fotografías en colaboración con Lunwerg.

Un año después de la aparición de este reportaje obtenía el premio Robert Capa del Overseas Press Club bajo anonimato. El transmisor de estas imágenes, Elliot Erwit, le invitó a trabajar en la Agencia Magnum. Aceptó, y la única cláusula que impuso fue no aceptar ningún encargo. Quiere viajar y retratar lo efímero, a lo que dedicará gran parte de su actividad profesional. Viajará por toda Europa fotografiando escenas cotidianas, celebraciones populares y, cómo no, gitanos.

La vida al límite de un fotógrafo maldito

Su casa es la calle. Su familia, prostitutas y heroinómanos. Y eso retrata: su vida al filo. Antoine D’Agata ni siquiera revela sus carretes, pero es uno de los pesos pesados de Magnum. Por Bettina Dubcovsky. Fotografía de Antoine D’Agata.

                     

En plena pubertad, Antoine d’Agata decidió que se sentía mucho más a gusto camuflado y protegido en el lado oscuro de la luna, y se alistó en el bando de las drogas duras y los placeres desfigurados, renegando de las buenas costumbres establecidas por la sociedad.

Su peculiar manera de mirar y enfocar ese mundo salvaje le ha proporcionado un lugar de honor en el podio de los grandes fotógrafos. D’Agata ostenta una buena colección de premios, libros publicados y exposiciones individuales. En la última edición del Festival de Cine de Cannes, la directora libanesa Danielle Arbid presentó la película Un homme perdu, basada en la vida de este francés, en la que él mismo colaboró en el guión. Pero el signo indiscutible de que sus fotos tienen un algo muy especial es que D’Agata es uno de los contados fichajes de la prestigiosa y mítica agencia Magnum.

Encontramos a Antoine d’Agata en Aranjuez, durante la pausa del taller de fotografía que impartía dentro de los actos de PhotoEspaña. Puede parecer una paradoja, pero es un profesor excelente: “Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, es su lema. Café humeante en mano, nos invita a sentarnos en el descansillo de una escalera. Las fotos se las harán más tarde tres ex alumnos suyos, que, emocionados y nerviosos ante semejante desafío (retratar al maestro), se perderán durante una larguísima noche con el francés por los tugurios menos recomendables de la zona. Típico paradigma del síndrome del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, hablar con este hombre errante, desarraigado y sin domicilio fijo provoca dos sensaciones extremas: por una parte, ante su presunta fragilidad, dan ganas de abrazarle, cobijarle y protegerle de un entorno que se le presenta hostil. Por otra, de sacudirle para intentar que reaccione y despedace su armadura de anestesia. Porque es probable que esta criatura autodestructiva, algo retraída, delicada, casi quebradiza e inmensamente dulce al expresarse, no sea ni el hijo, ni el novio, ni el yerno, ni el padre que nadie quisiera tener.

Su talento es indiscutible. El caos y la confusión son un continuo en su trabajo, sus imágenes, a veces distorsionadas, movidas y difusas, que evocan las figuras de Francis Bacon, rescatan la belleza de los momentos más sórdidos. D’Agata se mueve, serpentea por los burdeles y los bajos fondos de medio planeta, inmortalizando a su gente, sin reprender ni elogiar nada ni a nadie. “A diferencia de otros fotógrafos, nunca hago fotos críticas o negativas. Tengo una mirada muy adversa sobre el mundo, pero siempre estoy con gente a la que estimo. Las prostitutas, por ejemplo, que son los seres más vivos, auténticos y sinceros hasta en su piel. Nunca he fotografiado a alguien a quien no quiero profundamente. Es verdad que los sitios donde las hago son bastante feos, pero no hay ni una foto que no esté llena de sentimiento y de emoción”.

En su peculiar modo de fotografiar, él se suma a las historias en las que se ve envuelto, la mayoría de las veces como protagonista. Es así como se le ve en sus imágenes manteniendo relaciones sexuales con meretrices o inyectándose heroína. “La fotografía es el único arte que necesita que uno se comprometa con el mundo real. Un escritor, un pintor, un escultor trabajan con la introspección o la invención para crear un territorio inmenso; mi campo exige mucha más implicación. No me gustan nada las fotos que son meros testigos u observadores externos, creo que el fotógrafo debe meterse dentro del mundo que está creando, tiene que ser un personaje más de su obra. Por eso hago lo que hago, y por eso a veces, mientras bebo, le pido a la gente que me haga fotografías, porque es la manera más extrema de defender ese punto de vista. Sé que no estoy haciendo una cosa inocente ni estúpida.”

Hasta los 13 años, este marsellés nacido en 1961 quería ser cura ?”pero la gente se burlaba de mí por eso”? y estaba enamorado platónicamente de una monja, sor Jacqueline, que, según él entendía, le decía “sí, pero no”. Hoy se declara ateo. A los 14 era anarquista; a los 15, “un idealista extremista radical en cuanto a la negación de la sociedad. Entonces abandoné mis estudios, un año antes de entrar en la Universidad. Durante unos meses trabajé en un matadero, y luego comencé a vivir en la calle”. Tenía 17 años y “vivía muy encerrado, no hablaba con nadie, era casi autista. Desde muy joven me aficioné a las drogas y al alcohol. Cuando bebía me ponía muy violento, y toda la presión interna que acumulaba explotaba. Muchas noches acababa en la comisaría”.

Sus padres apenas llegaron a ejercer como progenitores, y otro tanto hizo él como hijo. Desapareció de sus vidas hasta que también fue padre ?tiene cuatro hijas pequeñas con tres mujeres diferentes?, y fue entonces cuando les obsequió con el título y el quehacer de abuelos, pero hasta llegar a este punto, Antoine ya había recorrido muchísimos kilómetros, vagando más por los infiernos que por el cielo de un sinfín de países y trabajando en lo que podía. “La fotografía cambió eso”, afirma. Hace cuestión de 12 años, estando en México, entre las tinieblas, la voz agonizante de un amigo le sugirió el camino hacia su travesía profesional. Su colega, al que conocía desde la época del liceo, era fotógrafo y se estaba muriendo. “Él sabía que ése era su último viaje. Hacía sus fotos impulsado por una necesidad urgente, muy fuerte. El miedo y la angustia de saberse condenado ejercían en él una tremenda presión. Hablo de una generación, a finales de los ochenta, en la que gente de mi ambiente moría continuamente a mitad del camino. Fue en ese momento cuando la fotografía me pareció algo mágico, capaz de hacer perdurar en el tiempo cada segundo. Dos años más tarde, cuando hice mi primera foto, me empapé de esa sensación. Fue una emoción muy grande, que me ayudó a sobrevivir física y mentalmente”. Esa transformación tuvo lugar a sus 30 años, cuando vivía en Nueva York, “estaba cansado, muy cansado”, dice. La “caza de imágenes” se introdujo en su vida casi como otra droga, en este caso redentora. “Creo que necesitaba algo para salir, para reconstruirme y reestructurarme”.

Desde entonces, para este hombre alérgico a los compromisos, la fotografía aparenta ser su relación más estable. Tuvo dos parejas “casi” prometedoras. Convivió cerca de tres años con cada una de ellas, en distintas épocas y ciudades, “pero entrando, saliendo, quedándome un poco, yéndome un poco más? Nunca conseguí mucho más”. El vínculo que le une a su profesión, a la que adora porque, entre otras cosas, le proporciona “más libertad económica”, tampoco es determinante. D’Agata no tiene un estudio, y ni siquiera un ordenador para guardar sus archivos. “Tenía uno, pero lo rompí hace meses, me puso muy nervioso, a veces son demasiado complicados”. Pero su material no se pierde. Desde hace tres años envía sus carretes, sin revelar, al Musée Niépce, en Chalon sur Saône, una localidad a 200 kilómetros de París. “No tengo dinero para el revelado y los carretes me los regalan. El museo es de una gran ayuda, pagan y revelan mis fotos”. D’Agata nunca ve sus positivados. “Cuando mis fotos ya están reveladas me peleo con ellas. Son las no reveladas las que te hacen soñar, las que te dejan con ilusiones”. El año pasado visitó el archivo y vio las fotos que había tomado un año antes. Dentro de unos meses regresará “para tener una visión general de lo que hice éste”.

En cuanto a su técnica? jamás se plantea si hacer las fotos en blanco y negro o color. “Me da igual, nunca pienso ni en técnicas ni en estéticas. Mis cámaras son las más simples y pequeñas, y las películas, las más corrientes. Mezclo”. ¿Cómo se explica que Magnum se haya fijado en su trabajo, teniendo en cuenta además que Antoine no acepta ningún encargo? “Tienen conflictos intelectuales internos. Algunos piensan que el hecho de que gente como yo llegue a la agencia es síntoma de decadencia y es la muerte cercana del fotoperiodismo, mientras que hay otros que piensan que la agencia, en un mundo en el que los medios de comunicación están cambiando muy rápido, necesita artistas, fotógrafos que estén más valorados en el arte”.

Su discurso es distinto cuando habla de su labor didáctica. “Los talleres son un modo de llenar mi vida sin caer en la fotografía comercial”, y asegura que no intenta convencer a nadie de nada. “Busco ayudar a que cada alumno descubra y siga su propio camino, no los trillados o los que otra gente ha trazado. Procuro que encuentren sus propias perspectivas”. Entusiasmado, menciona que este año ha dado cursillos a niños de la calle en Camboya y a pequeños de las favelas en Brasil, “y ¡me encantó! Me encanta compartir, y también trato de enseñarles a ellos a conseguir más independencia, más libertad y poder dentro de las condiciones en las que viven”.

Lo suyo es sin duda una amplísima autobiografía gráfica. “No sé si estoy viviendo mi vida y la documento, o hago las cosas para inventar material para fotografiar. Tengo una relación muy compleja con la realidad. Ya no distingo lo que es verdad, lo que es ficción, texto, mi deseo, lo que provoco o lo que necesito? Todo es muy confuso y difícil de desentrañar”. Sus instantáneas le regalan pistas. Mientras Antoine d’Agata, colocado, se difumina en los placeres y pecados de las noches, su cámara, testigo silencioso de sus “hazañas”, documenta lo que ocurre. Lo asume: “Así era feliz y lo sigo siendo hoy. Nunca he querido cambiar. Mis inquietudes, siempre las mismas, se resumen en descubrir la mayor cantidad de maneras de llegar a todas las clases de inconsciencia: sexo, drogas, alcohol?”.

D’Agata lleva una década perdido y encontrado en sus fotografías. “Quizá hago fotos para retener lo que no se puede fijar. Mis fotos son fragmentos de memoria, fragmentos de inconsciencia, en estados muy raros de percepción. Muchas veces descubro lo que hago a través de las imágenes que quedan. Mi nexo con la fotografía es lo que me ayuda a seguir. Hago cosas que nunca imaginé. La fotografía es una herramienta muy práctica para provocar y vivir lo que está pasando”. De tanto utilizarse como modelo, ¿ha conseguido su autorretrato perfecto? “Aún no, cada día intento hacer uno mejor. Pero sí tengo una foto que es una de mis favoritas. Es una muy blanca, en la que estoy de cuerpo entero, en la que parece que me estoy difuminando, desintegrando. Ésa tiene algo especial”.

Su supervivencia, al ritmo que lleva, está tan en peligro como la de los carretes de película. Tampoco teme a la muerte. “Miedo no siento, pero soy una persona bastante obsesionada con ella. De joven sentía fascinación con la idea y creo que jugué bastante con eso. Lo que hago ahora está siempre tan cerca, tan ligado a ella, que la convierte en un momento esencial. Va a ser el punto final de todo este experimento, de mi modo de vivir mi vida. No me estoy suicidando, pero hace tiempo que entendí que es mejor que la muerte llegue antes, vivir con intensidad, y no estar protegiéndose eternamente de todo para perdurar en el vacío”.

Tan convencido está, que jamás se le pasó por la cabeza dejar las drogas: “Duele, duele mucho. No suele haber lugares donde encuentre las cosas intensas, potentes o que me llenen; por lo general son blandas, tibias, vacías, y eso me destruye, me daña. La droga y el al¬cohol son medios para insensibilizarme y mantener cierta intensidad en mi comprensión y aprehensión del mundo”. La muerte es casi su sombra, pero ¿qué hay de la vida? “Por sí misma no es interesante, la muerte es lo que es y no se discute, nunca te va a decepcionar. La vida sí, hay que luchar para que no se vuelva algo muy aburrido”. Es difícil comprender cómo un ser humano que ha vivido en varios países, que habla inglés, francés, portugués y español, no haya encontrado algo que le entusiasmara. “Ya acabé con el sueño de la felicidad. Alguna vez pensé que las cosas se tranquilizarían y se pondrían bien, y ahora sé que mi felicidad la encuentro en el caos, en el movimiento. Sé que puedo estar perdido y ser feliz. En mis encuentros, breves, siempre muy breves, con la gente y en esa frustración de la brevedad también me siento feliz. Estoy aprendiendo que mi felicidad está en esa manera tan particular de vivir”. Aun así, D’Agata anhela hacer realidad un sueño presumiblemente imposible: “En los próximos años me gustaría encontrar la manera de pasar más tiempo con mis hijas, que están en París, Marsella y Milán. Están creciendo muy rápido y a veces tengo miedo de perder todo eso. Es una de las cosas que me preocupan”, dice mientras muestra las fotos de sus niñas que siempre lleva en la cartera.

El suyo es el camino hacia una irracional cuenta atrás. ¿Cuál es la meta?: “Mi libertad, que no es construir, ni avidez, ni protección. La felicidad la encuentro quizá en la desintegración, es dejar pedazos de ti todo el tiempo, en muchos lugares, intercambiando momentos con la gente de manera muy extrema. De algún modo, es un proceso de desintegración”.

La América callada de Robert Frank

La Fábrica publica en España ‘Los americanos’, obra de referencia del fotógrafo suizo.

Entonces el mundo no iba tan deprisa. Entonces era 1949, cuando el fotógrafo suizo Robert Frank (Zúrich, 1924) llegó a Times Square y descubrió una nueva modernidad y su falso auge.

Pero aquello no lo era todo para quien resultó ser el polifemo de toda una generación. Este tipo con camisa de felpa a cuadros y un puñado de carretes en el bolsillo se lanzó a descubrir todo lo que escondía aquel escenario de grandeza y consumo que palpita en el centro de Manhattan.

Emprendió un éxodo por 46 estados norteamericanos con el propósito de armar una de las aventuras fotográficas más apasionantes de la segunda mitad del siglo XX, publicada originalmente en 1958 en París por Robert Delpire.

Aquel viaje estaba impulsado por una poética de tristezas. Era el descubrimiento de una América que, de algún modo, se sentía estafada y sonaba, como apuntó Kerouac, a música zarandeada en la ‘jukebox’. El espíritu ‘beatnik’ tomó entonces forma, reflejo.

Era el azogue de aquel ‘way of life’ que maquillaba una realidad demoledora, enfangada. “Mis fotografías hablan de la ansiedad y de la miseria de la gente de la periferia social, del blanco y del negro, de una desesperación a veces evidente”.

De este material desconcertado salió un libro necesario, esencial: ‘Los americanos’, que ahora edita en España al completo La Fabrica Editorial, recuperando así el paisaje moral de un tiempo concreto, aquellos últimos años 50, cuando Eisenhower mostró al mundo la testosterona estadounidense detonando en el Pacífico la primera bomba de hidrógeno.

¿El paraíso americano?

Una de las fotografás de Robert Frank incluäa en su libro 'Los americanos'.
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Una de las fotografías de Robert Frank incluída en su libro ‘Los americanos’.

Aunque la realidad, tal y como la vio Robert Frank, contradecía la idea del paraíso americano, esa arrogancia poderosa que vendía eslóganes al mundo. Sus fotografías son el testimonio visual de unas gentes peleando por existir, un cruce de edades, sexos y razas asumidos en sus instantes decisivos, en ese segundo impreciso que sólo una cámara de fotos es capaz de captar como una verdad sublime, implacable.

Era un viaje al tuétano de la soledad, al paisaje atroz de la injusticia con una Leica colgada al hombro. “No fue divertido hacer ‘The americans’. Ver toda esa injusticia, esa violencia… a veces era peligroso. Infringía leyes estatales que ni siquiera sabía que existían. Me arrestaban los sheriffs. Entonces no tenía tanta información visual y yo no sabía lo que me esperaba en el Sur”, ha comentado el artista.

En ese laberinto de carne y cieno, Robert Frank retrató el ‘backstage’ de esa otra parte de la sociedad fecundada por la tristeza, las desigualdades, el racismo y el perfume agrio de la desesperación, también estableció un nuevo código en la mirada. Ese instante único y decisivo del que hizo oficio y labor Cartier-Bresson, pero que aquí se mostraba de manera más incisiva.

Intento atrapar lo que he visto y oído, lo que he sentido. ¡Lo que sé! No existe un momento decisivo. Hay que crearlo. Tengo que hacer lo necesario para que aparezca delante de mi objetivo”, apuntó Frank.

Un antes y un después en la fotografía

En estas imágenes hay música, hay llanto, huele la lluvia, el sudor, la extrañeza, la calle, el frío. Tienen algo de adagio sideral concebido con una libertad infinita a pie de campo. Y es que Robert Frank abrió la fotografía a una estética nueva, le arrebató el corsé, la deconstruyó. Y se podría decir que la despreocupó de detalles hasta hacer de ella un sonido nuevo, a la manera de John Cage en la música.

Con ‘Los americanos’ hay un antes y un después de la fotografía, ya nunca sería lo mismo”, sostiene Vicente Todolí, director de la Tate Modern de Londres y experto en la obra de Frank, a la que dedicó una exposición cuando en 1981 estudiaba en Yale su postgraduado. “Introdujo un grado de libertad y una trascendencia de la técnica llevó a incluir este soporte en un área que era la del Arte. Fue este libro el que hizo que muchos artistas empezaran a interesarse por la fotografía”.

De esa descoyuntura nace este reportaje en carne viva que no hurga más que en la vida, sin otro argumento que dejar el ojo suelto por las calles y componer un puzzle que adquiere sentido por sí solo para hablar de los otros. “Nunca he hecho una foto que hable de mí mismo”, afirma el autor. Esa es parte de su grandeza.

Después de publicar esta fabulosa aventura, el “caótico” Robert Frank, como le denominó Diane Arbus, se fue distanciando del oficio. Se instaló en las arenas movedizas del cine. Regresó de nuevo a la Leica. Pero nada era igual para quien ya no pudo huir de la trampa de su propio éxito.

EL AUTOR RECORRIÓ 46 ESTADOS NORTEAMERICANOS PARA SU LIBRO “THE AMERICANS”.

Fuente: elmundo.es

Prólogo “The Americans”-Jack Kerouac.

“Es suficientemente fácil entender que yo, como artista, necesite soledad y una cierta filosofía del ‘no hacer nada’ que me permita soñar todo el día y trabajar capítulos de ilusiones olvidadas que emergen años después en forma de historias. A este respecto es imposible, ya que es imposible que todas las personas sean artistas, recomendar mi forma de vida como filosofía que se ajuste a cualquiera. En este sentido soy un excéntrico, como Rembrandt. Rembrandt podía pintar a los obreros mientras reposaban el almuerzo, pero a medianoche, mientras ellos dormían para recuperar fuerzas, el viejo Rembrandt se hallaba en su estudio poniendo rayos luminosos de oscuridad en sus lienzos. Los obreros no esperaban que Rembrandt fuera alguien más que un artista, y por lo tanto no le iban a tocar la puerta a medianoche para preguntarle: ‘¿Por qué vives de esta forma? ¿Por qué estás solo esta noche? ¿Con qué estás soñando?’ De la misma forma que ellos tampoco esperaban que Rembrandt se volteara y les dijera: ‘Ustedes deben vivir como yo, en la filosofía de la soledad, porque no hay otro modo de hacerlo’.
Así mismo yo estaba buscando una vida tranquila y dedicada a la contemplación y la delicadeza de las cosas, en busca de mi arte (historias, en mi caso) (ensayos narrativos de lo que he visto y cómo lo he visto), pero era también una búsqueda de mi forma de vida, es decir, ver el mundo desde la soledad y meditar sobre él sin verse envuelto en el mismo y en sus acciones, las cuales ya se han vuelto famosas por su horror e infamia. Yo quería ser un hombre del Tao, que mira las nubes y deja atrás la furia de la historia (algo que ya no es permitido después de Mao & Camus) (pero llegará el día).
Pero vamos a los detalles, que son los que dan vida a todo esto.”
(Jack Kerouac)

 

“The Americans”.Robert Frank